Con amor para el protagonista, a ver si aparece

No había un hombre en la tierra que se pudiese enfrentar a él. Era el mejor, el más guapo, el más listo, el más valiente, ágil, perspicaz, elocuente, soñador, el más capaz, tenía una voz melodiosa aunque firme y un pene enorme. Muchos lo comparaban con un Dios; lo que era indiscutible es que había atracado al dispensario de dones el momento antes de su concepción. Durante su tiempo libre curaba enfermedades; en el baño, sentado en la taza, escribía novelas o continuaba el lienzo que había puesto para ese propósito; antes de dormir, cada día, se enfrentaba a sus demonios y los vencía, los humillaba más bien, y ya con el rabo entre las patas de cordero daban paso a los que tendrían que acecharle la noche siguiente. No lo habían querido asesinar porque todo él radiaba tanta omnipotencia que ni tan solo la envidia podía doblegar la adoración que, necesariamente, tenía que profesársele al verle. Incluso varios intelectuales de la época aventuraron que en caso de intento de homicidio contra él, aunque imposible en cualquier caso, la pistola, por ley natural, aunque se tratase de una cosa inanimada, había de encasquillarse, o la dinamita humedecer la mecha, o girar el coche espontáneamente el volante. Hombres y mujeres estaban perpetuamente enamorados de él y nunca era un amor vulgar. Los pérfidos, bajo el influjo de su mera presencia, rendían sus mezquindades siéndoles devueltas justo a continuación las almas, arrobadas ya antes de llegar a los cuerpos por un sentimiento glorioso de no caber en si mismas. La vejez y la edad le temían, durante treinta años no envejeció ni su aspecto ni su pensamiento, que en lugar de agriarse y estipularse cada vez con más facilidad se iba haciendo, para sorpresa de todos aquellos que no creían que pudiese haber nada superior, cada vez más y más complejo y creativo y afable. Y de hecho cada vez parecía más, y eso se temía por todo el mundo, que su espíritu hubiese de echar a volar cualquier día. En lo espiritual, antes de la mayoría de edad había superado a Buda; a los dos años, basta con decir eso, ya meditaba, y a los siete pasó varias semanas en el nirvana. Ahora se ocupaba de sentirse a cada instante más fundido con el resto de cosas, con todas las personas, pero también con los árboles y las rocas, en un sentido abstracto de lo abstracto de lo que significa fundir, y de poder vivir con esa nueva dimensión; de ser todo y él a la vez, de eso se ocupaba, y siempre decía que estaba aprendiendo mucho sobre aquello. Sería verdad, porque entendía con total exactitud todos los estados de todo lo que estaba a su alrededor. Lo suyo no era ya empatía, ni tan sólo se reducía a las personas. Era capaz de comunicarse realmente con ellas, no tenía ese problema que tenemos todo en ese sentido. Para él hablarle a sus profundidades y que ellas le recibiesen y que juntos pudiesen bailar un vals allí en ese pozo era algo natural, y siempre estaba en harmonía con todo y con todos. Hablaba con los animales, a su manera, que era como decirles cosas en un idioma universal de roces y miradas y algún que otro gesto. Una vez, a los siete meses de edad, mató a una polilla para saber qué se sentía. Luego lloró, y luego la enterró en un tiesto junto a una semilla de amapola, y cuando brotó muchos esperaban que al abrirse el capullo saliese volando una nueva polillita que ahí se había incubado. La mayoría coincide en que eso al final no pasó.
Una persona así en el mundo había acabado con las guerras; su presencia en el mundo lo había hecho mejor, más grande varios metros. Viéndole, todos se inspiraban de él. No había sitio en el mundo para una persona así y la hambruna a la vez. A sus diez años, el hambre dejó ya de tener sentido para cada uno de los individuos del mundo, se dio cuenta el último de que era francamente estúpido que aún durase. De este modo acabó también la guerra, occidente, las religiones y el cambio climático. Algo curioso es que el día de su aniversario es, según dicen los registros, el que tiene al año un mayor índice de fenómenos telúrico y naturales en general, tradición que duró desde el año anterior a su nacimiento, y que empezó la cuenta con la gran erupción solar que hizo en pleno diciembre que se volviesen a llenar las playas durante más de dos semanas. Qué calor maravilloso hizo esa vez, que el sudor que corría por las frentes de la gente traía alegría consigo, y medio mundo estuvo contentísimos y la otra mitad achicharrado. No hace falta decir que los expertos atribuyen esta serie de casualidades a un homenaje por parte del cosmos, al menos de la parte que queda cerca del planeta, y la tierra misma, de hacerle un homenaje a él, aunque a veces se propase en su buena voluntad y mate a algunos con un desprendimiento de rocas o una erupción.

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Y qué era al final. Un día más tras otro día más. Uno, otro. Visto con perspectiva era un cementerio de recuerdos creciendo en la tripa de tu cerebro, y cada vez estaba más harto de consciencia, más preñado de cadáveres. No me duele ya que las cosas pasen, que no haya misericordia para ningún amor, ninguna vida. Lo que me jode es que después de ese dolor no hay ya más que el gran crack que es el fin, y un universo de miedo con la noche echada,
tirada sobre todo,
mirándome a mí desde todas partes,
desde mí mismo,
alrededor de todo.
Hay quien entonces espera una luz, el milagro, y hay quien no, para quien ni la esperanza ha sido respetada y no le queda ni ese punto minúsculo radiando un poco desde el fondo de su alma callada,
mamada por la noche,
así oscurecida.
Yo soy a veces de unos y otras soy de los otros; pero siempre está el misterio de la nada acechando y el olor de su saliva. Es paradójico que la visión final sea una ceguera absoluta, que el verlo todo sea un gran grito a la nada, donde no puede sonar, así de trágico es, que se ha tragado las palabras. Y no hay consuelo, no se puede ni tan sólo tiritar. Al final el camino daba a una fisura extraña, mucho más negra y honda de lo que la imaginación abarca, sigue abarcando, y por eso tan desconocida. Inefable la caída, que ni es caída ni es nada.

Están llenas las palabras

Cuanto te he querido y cuanto te querré.
y cuanto te estoy queriendo ahora en las palabras,
escribiendo en sus vientres;
fíjate en ellas,
están llenas por dentro, las he llenado yo
de amor por ti, a todas sus líneas, que sólo son eso,
están las letras, cada una, cargadísimas,
tan panza arriba que huelen
como a mermelada de estrellas
y, claro, ninguna cabe en si misma,
estarán ya para siempre a punto
de vomitarse, de repetirse o de ser soles,
de hacer magia y toser
una nube de hojas pequeñitas
con el tamaño de gotas de lluvia.
Polvo que quiere al polvo,
una mano muda,
un pincel de almas juntas,
un silencio como un coro de serafines;
es este poema,
que no dice nada,
nada más,
como debe.

Shhht

Quiero besarte hasta la saciedad,
hasta que se agoten los alientos;
morderte el labio y beber
el magma de tus venas,
la vid de sangre con la que se enjuaga tu alma
y que en ella crece.

Escapar

Escapar,
escapar no es de cobardes
cuando las paredes se hacen de plomo
y se angostan,
se aprietan para joder entre ellas.
Escapar,
escapar, hoy, no es escapar,
es poner rumbo o levantar cabeza,
no, no es huir,
es besar al mar, como al cielo,
y amar.
Hoy otra vez muero,
las sienes se me enrollan al cerebro
y los ojos se me cuartean,
lomos de río o páramo todo secado,
y el arrullo de las olas calla, callan,
y el aire es lodo de aire
a la orilla negra de la playa;
y mis huesos tiemblan por la médula,
mis costillas tiemblan, mis radios,
y sólo ellos se dan cuenta,
fuera, nada,
yo, nada,
son ellos ahora quienes hablan:
Ponedle precio a la vida, por favor,
ponle precio a mi vida,
por piedad.
Escapar,
escapar, hoy, es reconciliarse con mi alma.

Sobre cómo pusieron las trufas de Ringo en medio de Abbey Road

Está Oh Darling, Octopus!, y luego I want you. Está ahí, en medio de dos canciones buenísimas, puesta a posta para cortar el rollo. ¿Será como la publicidad, para que la escuches también? Yo (y otra persona que se ha querido mantener en el anonimato por cuestiones personales) creo que la colocación debió decidirse más o menos de esta manera un día que Ringo estaba triste, y que se había pasado entero cabizbajo y pensativo.
“Tío, Ringo, qué te pasa?”
“Es que ponéis mis canciones siempre al final del disco. Creo que no me valoráis lo suficiente”
“Tío, Ringo, no llores”
“Lloro si me da la gana John”
“Mira, haremos una cosa, te las ponemos más arriba de la lista si quieres”
“No”
“¿No?”
“No”
“¿Pues qué quieres?”
“Las quiero arriba del todo, entre vuestras canciones que son la ostia”
“Um… Qué LINDA la idea, Ringo. Pero deja ese cuchillo de cortarse las venas en el cajón de Paul otra vez”

Joder, que no se me ocurre tampoco

De todas las personas podemos aprender algo, eso me dijo una vez mi padre. La verdad es que es una chorrada, por supuesto que podemos aprender algo de cualquiera pero no pensó él en el precio que podía costar hacerlo. Hay muchas personas a las que no estoy dispuesto a sonsacar ningún secreto respecto a la vida. Pero cuando me lo dijo yo aún era un tipo un poco radical y no me conformaba solamente en haber pensado esto, lo convertía en un motivo que justificaba sobradamente mi desprecio hacia las personas a las que me viniese en gana despreciar; al fin y al cabo lo hacía porque tenían que ser perniciosas para mí. Bueno, la verdad, que es una cosa que se te aparece con el tiempo, es que no las despreciaba por lo nocivas que pudiesen ser para mi alma; las despreciaba, digamos, porque sí, y eso era sólo la excusa que me otorgaba el poder moral para hacerlo. En aquél entonces yo ya sabía que el desprecio podía ser un gran aliado en los momentos bajos de la existencia, una solución a los síntomas de cuando se te está dinamitando la autoestima o cuando dejas de soportarte. ¿Por qué deberías caerte mal si los otros son mucho peores? Yo también tenía prejuicios, como tú, ya ves. Pero fui creciendo, con más o menos suerte, que es cosa que dejo que juzguéis a vuestra discreción, y descubrí lo que significaba lo de crecer: ir luchando en el baile de choques de universos que es la vida hasta entender que todos, hasta los peores, están tan desamparados como tú, y que por lo que los desprecias es solamente la forma con que lo afrontan; eso y otras cosas es. Y mientras tanto, ir esperando el milagro que ha de venir.